La mortificación del amor propio

Autor: Vicente Ferrer, san .Visitas: 2526

Padécelo todo por amor de Dios

La mortificación del amor propio

Sufre con paciencia toda contradicción por amor de Dios, poniendo delante de ti, la humildad de Cristo.

Huye de toda honra y alabanza, llevando siempre delante de los ojos tus defectos y pecados. 

Procura siempre hallar en ti ocasión de dolor y compunción de tus pecados. Del mismo modo reprende en ti, a cada hora, los pecados de la vida pasada considerándote ingrato y miserable.

Considera que los bienes espirituales que posees provienen de la inmensa misericordia de Dios. 

Cuando quisieres ver los pecados de los demás, haz comparación contigo, cargándote aquellos mismos y riñéndote en tu conciencia.

De este modo discurrirás en todas tus faltas y pecados. 

 

Acerca del Autor

Vicente Ferrer, san

Vicente Ferrer, san

Nació en 1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy pequeño una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los pobres, a quienes repartía significativas limosnas que la familia acostumbraba dar. Ingresó a la comunidad de Padres Dominicos y, por su gran inteligencia, a los 21 años ya era profesor de filosofía en la universidad. Siendo diácono lo mandaron a predicar a Barcelona, ciudad que estaba atravesando por un período de hambre ya que los barcos con alimentos no llegaban desde hace varias semanas.

San Vicente estaba muy angustiado porque la Iglesia Católica estaba dividida entre dos Papas y existía mucha desunión. Estas constantes preocupaciones mortificaron y enfermaron peligrosamente al santo; pero una noche, por revelación divina, descubrió que su misión era la de predicar el Evangelio por ciudades, pueblos, campos y países. El santo recuperó inmediatamente la salud, y durante 30 años recorrió el norte de España, el sur de Francia, el norte de Italia, y Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales, ya que los primeros en convertirse fueron judíos y moros.

San Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, que son la causa de tantos males e invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la comunión. Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación, siendo el don de las lenguas el primordial y básico para su misión de evangelizar las ciudades y pueblos. El santo se mantuvo humilde y sencillo a pesar de la gran fama y popularidad alcanzada por sus predicaciones en varios países. Los últimos años, acechado por varias dolencias y enfermedades, sus predicaciones mantenían esa fuerza, vigor y entusiasmo que lo caracterizaron en el anuncio del Evangelio.

Murió en plena actividad misionera, el Miércoles de Ceniza, 5 de abril del año 1419. Fue canonizado en 1455.

 

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