La vida feliz

Autor: Agustín de Hipona san .Visitas: 3468

Disputa teológica

La vida feliz

Me parece que se distinguen en tres clases los hombres que, como navegantes, pueden acogerse a la filosofía. La primera es de los que en llegando a la edad de la lucidez racional, con un pequeño esfuerzo y leve ayuda de los remos, cambian ruta de cerca y se refugian en aquel apacible puerto, donde para los demás ciudadanos que puedan, levantan la espléndida bandera de alguna obra suya, para que, advertidos por ella, busquen el mismo refugio. La segunda clase, opuesta a la anterior, comprende a los que, engañados por la halagüeña bonanza, se internaron en alta mar atreviéndose a peregrinar lejos de su patria, con frecuente olvido de la misma. Si a éstos, no sé por qué secreto e inefable misterio, les da viento en popa, y tomándolo por favorable se sumergen en los más hondos abismos de la miseria engreídos y gozosos, porque por todas partes les sonríe la pérfida serenidad de los deleites y honores, ¿qué gracia más favorable se puede desear para ellos que algún revés y contrariedad en aquellas cosas, para que, arrojados por ellas, busquen la evasión? Y si esto es poco, reviente una fiera tempestad, soplen vientos contrarios, que los vuelvan, aun con dolor y gemidos, a los gozos sólidos y seguros. Pero algunos de esta clase, por no haberse alejado mucho, no necesitan golpes tan fuertes para el retorno. Tales son los que por las trágicas vicisitudes de la fortuna o por las torturas y ansiedades de los vanos negocios, instigados por el ocio mismo, se han visto constreñidos a refugiarse en la lectura de algunos libros muy doctos y sabios, y al contacto con ellos se ha despertado su espíritu como en un puerto, de donde no les arrancará ningún halago y promesa del mar risueño. Todavía hay una clase intermedia entre las dos, y es la de los que en el umbral de la adolescencia o después de haber rodado mucho por el mar, sin embargo, ven unas señales, y en medio del oleaje mismo recuerdan su dulcísima patria; y sin desviarse ni detenerse, o emprenden derechamente el retorno, o también, según acaece otras veces, errando entre las tinieblas, o viendo las estrellas que se hunden en el mar, o retenidos por algunos halagos, dejan pasar la oportunidad de la buena navegación y siguen perdidos largo tiempo, con peligro de su vida. Frecuentemente a éstos los vuelve a la suspiradísima y tranquila patria alguna calamidad o borrasca, que desbarata sus planes.

 San Agustín

Acerca del Autor

Agustín de Hipona san

Agustín de Hipona san

Obispo de Hipona y doctor de la iglesia (354-430), es uno de los cuatro doctores más reconocidos de la Iglesia Latina. Llamado "Doctor de la Gracia".

Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana. Su padre, llamado Patricio, era aún pagano cuando nació su hijo. Su madre, Santa Mónica es puesta por la Iglesia como ejemplo de mujer cristiana, de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia, aún bajo las circunstancias más adversas. Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento.

Agustín llevaba una juventud desviada, pero fue en el año 386 donde doctrinal y moralmente se convirtió, estando en Milán; y el año 387 fue bautizado por el obispo San Ambrosio. Vuelto a su patria, llevó una vida dedicada al ascetismo, y fue elegido obispo de Hipona. Durante treinta y cuatro años, en que ejerció este ministerio, fue un modelo para su grey, a la que dio una sólida formación por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos, con los que contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo.

 

El 28 de agosto del año 430, a la edad de 76 años, San Agustín muere, después de haber servido 40 años en la iglesia.

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