Soliloquios

Autor: Agustín de Hipona san .Visitas: 2518

Soliloquios

De entre los Diálogos de Casiciaco destaca Soliloquia (Los Soliloquios), por su intensa vibración religiosa y filosófica, a la vez. En ellos se anticipan muchos aspectos de las Confesiones, como la introspección y el examen de conciencia, la purificación de la memoria y el ahondamiento en ella, hasta encontrar el eco o la voz del Maestro interior, Sol del mundo inteligible y de la razón, que entabla diálogo consigo misma.

Todos los Diálogos de Casiciaco son obras pedagógicas, pero los Soliloquios, destacan bajo este punto de vista; en ellos se presentan en pocas páginas y en forma amena los asuntos básicos que cualquier profesor de filosofía desea para sus alumnos. No es de extrañar, porque quien los redactó era un profesional de la educación, joven pero en plena madurez, intelectual y espiritual. Era un profesor de Retórica, Gramática y Literatura cuyos intereses estaban, desde hacía tiempo, imantados por la sabiduría humana, la filosofía, y ahora había encontrado el mejor motivo para buscar apasionadamente ver cara a cara la Verdad, a saber, que la Verdad es Alguien, no algo.

El diálogo está trenzado con formas, argumentos y elementos tomados de Platón y del neoplatonismo; pero todo ello, formas, argumentos y lugares comunes, está también claramente modificado por la inspiración cristiana y el genio personal de Agustín de Hipona. Por planteamiento, el libro es un diálogo entre la razón y la fe; o bien, entre el corazón –convertido y que busca conocer más, para llegar a «ver»–, y la razón dialéctica, que guía, pregunta, pone a prueba, y en fin ayuda a obtener conclusiones.

El objeto de la obra es el conocimiento. El conocimiento humano entra en discusión consigo mismo; se cuestiona su validez, su alcance, sus leyes, y su objeto más preciado, esto es, el conocimiento de Dios y de sí mismo. Por fin, la argumentación principal gira en torno a la demostración de la inmortalidad del alma humana.

Acerca del Autor

Agustín de Hipona san

Agustín de Hipona san

Obispo de Hipona y doctor de la iglesia (354-430), es uno de los cuatro doctores más reconocidos de la Iglesia Latina. Llamado "Doctor de la Gracia".

Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana. Su padre, llamado Patricio, era aún pagano cuando nació su hijo. Su madre, Santa Mónica es puesta por la Iglesia como ejemplo de mujer cristiana, de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia, aún bajo las circunstancias más adversas. Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento.

Agustín llevaba una juventud desviada, pero fue en el año 386 donde doctrinal y moralmente se convirtió, estando en Milán; y el año 387 fue bautizado por el obispo San Ambrosio. Vuelto a su patria, llevó una vida dedicada al ascetismo, y fue elegido obispo de Hipona. Durante treinta y cuatro años, en que ejerció este ministerio, fue un modelo para su grey, a la que dio una sólida formación por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos, con los que contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo.

 

El 28 de agosto del año 430, a la edad de 76 años, San Agustín muere, después de haber servido 40 años en la iglesia.

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