Tratado del amor de Dios

Autor: Francisco de Sales san .Visitas: 2765

Tratado del amor de Dios

División del tratado en libros:

1. —preparación para toda la obra— habla de la voluntad como sede del amor, y describe el amor en general y el amor de Dios en particular.

2. está dedicado al origen del amor divino, que son las perfecciones infinitas de Dios, con las que arrastra nuestra voluntad engendrando en ella el amor.

3. trata del progreso y perfección del amor.

4. de los peligros que pueden determinar la decadencia y ruina de la caridad.

5.  de las principales maneras de ejercitar el amor: de complacencia, de condolencia, de benevolencia.

6, 7, 8. se dedican al ejercicio del amor en la oración. Aquí es donde se encuentra la doctrina propiamente mística del santo. En general sigue muy de cerca a Santa Teresa, pero sin la precisión y claridad de la gran santa de Ávila. Mezcla con frecuencia la descripción de fenómenos místicos con otros que no lo son, y da a muchas prácticas ascéticas nombres que en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa están consagrados para designar gracias místicas.

Las oraciones místicas que mejor describe el santo obispo de Ginebra son las de recogimiento incluso, quietud y contemplación extática, que describe a la luz de los escritos de la reforma del Carmelo.

9. se consagra a la unión de nuestra voluntad con la voluntad divina de beneplácito, y a la práctica de la santa indiferencia para aceptar todo lo que Dios disponga de nosotros, coincida o no con nuestro querer. 

10. describe la dulzura del amor a Dios y al prójimo por Dios.

11. muestra de qué manera el amor perfecciona y hace agradables a Dios todas las demás virtudes. Habla también de la importancia de los dones del Espíritu Santo y de sus preciosísimos frutos.

 12. se dan los últimos consejos para progresar en el amor divino.

 

Acerca del Autor

Francisco de Sales san

Francisco de Sales san

Nació en el castillo de Sales en Saboya el 21 de agosto de 1567 fue conquistando la virtud día tras día. En ella condensaba la exquisita enseñanza evangélica que había recibido de su madre, excelente narradora de la fe que desmenuzó ante los ojos inquietos del niño. Heredó su paciencia y constancia, así como la elegancia en el trato. Temiendo su padre que la influencia materna hiciera de él un hombre frágil, designó al riguroso y exigente P. Déage para ser su preceptor. El santo agradeció siempre sus enseñanzas y las acogió humildemente. Al recibir la primera comunión en el colegio de Annecy con 8 años, estableció las consignas que seguiría su vida de entrega a Cristo: orar, visitar al Santísimo, ayudar a los pobres y leer vidas ejemplares. Procuró ser fiel a ellas hasta el fin de sus días.

Sentía ardientes deseos de consagrarse a Cristo, pero su padre lo envió a estudiar a París. Recibió educación en el colegio Clermont de los jesuitas, que combinaba con dos horas diarias de equitación, esgrima y baile, bajo la dirección del P. Déage, en un plan diseñado por él que incluía confesión y comunión semanal. Destacó en retórica, filosofía y teología. La determinación que tomó de consagrarse a la Santísima Virgen le ayudó a superar todas las pruebas que sufrió en esa época, manteniendo incólume su pureza. Sus modelos eran san Francisco de Asís y san Felipe Neri. A los 18 años era manifiesta su inclinación a la ira. Y consciente de ello, ponía todo su empeño en contenerla. Se dice que la sangre se agolpaba en sus mejillas en determinadas situaciones incómodas para él. Qué esfuerzos haría para someter este defecto que quienes le conocían, al ver su trato exquisito, consideraban que estaba libre de esa tendencia y jamás podrían haber imaginado el combate interior que libraba.

En 1588 comenzó a estudiar derecho en Padua, como deseaba su padre, sin descuidar la teología que precisaba dominar para ser sacerdote. Finalmente, logró su deseo, y fue ordenado sacerdote. Lo destinaron a la costa sur del lago de Ginebra para luchar contra el protestantismo, y allí desplegó todas sus artes de modo que se produjeron numerosas conversiones. En 1602 fue designado obispo de Ginebra, sucediendo en el gobierno de la diócesis al prelado Claudio de Granier. Fijada su residencia en Annecy, enseguida destacó por su generosidad, caridad y humildad.

Juana Chantal fue una de las incontables personas a las que dirigiría espiritualmente. Con ella fundó la Congregación de la Visitación en 1610. Tras su muerte, acaecida en Lyon el 28 de diciembre de 1622, monseñor Camus manifestó que al extraerle la vesícula biliar hallaron nada menos que 33 piedras. Eso da idea del ímprobo esfuerzo que habría hecho el santo a lo largo de su vida para trocar en mansedumbre y dulzura un temperamento volcánico poderosamente inclinado al mal genio y a la cólera

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