Más motivos naturales para amar a Dios

Autor: Royo Marín Antonio . Visitas: 6258

Continuación de la conferencia anterior sobre este tema

Más motivos naturales para amar a Dios

Continuación del tema de los dones naturales de Dios que comenzó en la conferencia que anteriormente hemos publicado con el título: “Motivos para amar a Dios en el orden natural”: www.alexandriae.org/index.php/audio/item/motivos-para-amar-a-dios-en-el-orden-natural

Comienza la conferencia mostrando cómo la teoría del Big Bang, sostenida por tantos científicos incluso ateos es totalmente coherente con el dogma católico. Resalta la belleza de la concordancia que puede haber entre lo científico y lo de fe. Es algo magnífico el pensar que todo esto Dios lo ha hecho por nosotros, siendo que podía crear a muchos mejores incluso que nosotros que fuimos creados. Así nos llama a dar Gloria a Dios el don de la Creación.

Posteriormente continuará con el bien que el Señor nos hace conservándonos en el ser, y así proseguirá con otros bienes que serán de gran provecho para alabar a Dios al auditor de esta charla.

Acerca del Autor

Royo Marín Antonio

Royo Marín Antonio

Antonio Royo Marín O.P. (Morella, Castellón, 1913 - Villava, 17 de abril del 2005) fue un religioso dominico español.

Influyente teólogo y moralista que conservó y compendió en muchas obras la enseñanza y la espiritualidad católicas. Destacó por su sensibilidad e interés por acercar al hombre contemporáneo la tradición espiritual y teológica cristiana, lo que le hizo estar en constante diálogo con las preocupaciones del momento.

Nace en la comarca del Maestrazgo. Era hijo de Antonio e Isabel y fue el tercero de siete hijos: Isabel, Pepe, Antonio, María, Gloria, Natividad y Teresa.

Cuando él tenía 15 años, en 1928, toda la familia se trasladó de Morella a Madrid, instalándose en la avenida de la Reina Cristina 8, desde donde se divisaba el convento dominicano y la Real basílica de la Virgen de Atocha. Apenas llegado a la capital de España formó parte de la “Unión Católica de Atocha” y fue testigo in visu de la quema y destrucción del convento y de la basílica. En 1936 por el simple hecho de ser entonces un joven laico cristiano comprometido, también sufrió sus consecuencias. Escribe:

Yo mismo estuve en dos ocasiones en manos de los milicianos, con gravísimo peligro de ser fusilado, aunque no lo permitió Dios, porque no era digno de la gloria del martirio.

Pidió el ingreso en el noviciado dominicano de la Provincia de España, que por entonces estaba en el convento de San Esteban. Pero una tuberculosis muy aguda lo obligó a regresar casi inmediatamente a la casa paterna. Comenzó a estudiar Filosofía en el seminario de Madrid probablemente en el curso 1934-1953.

En 1939 ingresó en la orden de los dominicos y en 1944 fue ordenado presbítero. Fue profesor emérito de Teología Moral y Dogmática de la Universidad de San Esteban, de Salamanca. Recibió del Papa Juan Pablo II la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, en consideración a su dedicación a la Iglesia y al Papado. Los últimos años de su vida los pasó en Madrid, hasta 15 días antes de su muerte cuando fue trasladado a Pamplona para recibir cuidado médico.

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