Tratado sobre la gracia y el libre albedrío

Autor: Bernardo de Claraval San .Visitas: 4069

Tratado sobre la gracia y el libre albedrío

Con la ayuda de Dios, he acabado como he podido el tratado sobre la gracia y el libre albedrío, que recientemente me propuse escribir, en las circunstancias que tú conoces. Me temo haber  expuesto sin la debida competencia temas tan profundos, o haber repetido inútilmente lo que ya tantos han explicado. Por eso, léelo tú primero si te parece, y a solas; no sea que, si se publica, transcienda la osadía del autor y no edifique la piedad del lector. Y si crees que merece publicarse, no tengas reparo en corregir lo que creas está mal expresado, y explícalo en otros términos, breves y claros a la vez. O indícame lo que debo corregir. De este modo participarás de aquella promesa de la Sabiduría: los que me explican, poseerán la vida eterna.

Acerca del Autor

Bernardo de Claraval San

Bernardo de Claraval San

Abad y reformador monástico francés, canonizado en 1174 (Castillo de Fontaines, Dijon, 1091 - Claraval, 1153). Procedente de una familia noble, siguió desde muy joven su vocación religiosa. Ingresó en 1112 en la abadía cisterciense de Cîteaux y muy pronto, en 1115, pasó a dirigir el nuevo monasterio de Clairvaux (Claraval).

En ambos monasterios impuso el estilo que pronto se extendería a toda la Orden del Císter: disciplina, austeridad, oración y simplicidad. Tales ideales le enfrentaron con Pedro el Venerable, abad de Cluny, pues suponían un ataque directo contra la riqueza de los monasterios, la pompa de la liturgia y el lujo de las iglesias cluniacienses.

Bernardo fue un defensor de los derechos políticos y económicos del papa: su mediación en favor de Inocencio II en el conflicto que le enfrentaba con el antipapa Anacleto II (1130-37) se vio recompensada con importantes privilegios pontificios para la orden cisterciense. Su influencia creció aún más al llegar al papado su discípulo Eugenio III (1145-53), antiguo fraile cisterciense.

Bernardo luchó contra las incipientes tendencias laicistas de su tiempo, haciendo condenar el racionalismo de Abelardo y las propuestas de Arnaldo de Brescia de que la Iglesia volviera a la pobreza primitiva. No dudó de la legitimidad de usar la fuerza en apoyo de la Iglesia, incitando a franceses y alemanes a la segunda Cruzada (1146), o haciendo reconocer a la Orden del Temple como realización del ideal del fraile-soldado (1128). Su teología, en cambio, insistía sobre la Virgen y sobre la humanidad de Cristo con una ternura que le valió el sobrenombre de doctor melifluus.

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